Seducción: “Las leyes de la atracción”

Por qué nos enamoramos de una persona y no de cualquier otra de las miles de parejas potenciales que encontramos en nuestro camino, sigue siendo un profundo misterio. Unos opinan que es cosa del azar, otros que es cuestión de probabilidades, incluso los hay que dicen que dependen de la educación y cultura de cada uno. Pese a todo, la ciencia ya se ha encargado de quitarle todo el romanticismo a la atracción física y emocional, afirmando que las neuronas son las ‘culpables’ de todo. ¿Quieres saber por qué?

Algunas matarían por unos zapatos de Jimmy Choo, mientras que a otras les va el rollo tipo Geox. Lo mismo ocurre con los hombres. Mientras algunas no pueden controlar sus secreciones salivales ante las marquesinas de los autobuses decoradas (acertadamente) con modelos masculinos de Calvin Klein, otras prefieren el ‘atractivo’ de una nariz contundente capaz de imprimir carácter al actor estadounidense Adrien Brody.

Pero, ¿por qué nos seducen las palabras que salen de esa boca y no de otra? ¿La atracción sexual deriva de la casualidad o es nuestra mente quien selecciona sin pedirnos permiso alguno? A muchas personas les puede importar más bien poco el proceso interno -tanto físico como orgánico- que se desarrolla durante el enamoramiento, pero realmente es un ejercicio necesario para aprender a amar sin sufrir. Esta idea mágica de la atracción se torna peligrosa, y es una de las causas principales del mal de amores, donde nos convertimos en víctimas de nuestros propios sentimientos, disfrutando ‘a tope’ cuando las cosas salen bien o sufriendo terriblemente cuando las cosas se rompen sin nuestro consentimiento.

La emoción y la razón son dos caras de la misma moneda y la única forma de entender por qué sentimos que nuestro corazón se sale del pecho al ver a una persona entre una muchedumbre. Aunque destruyamos el mito del ‘príncipe azul’ y su hermoso caballo blanco cabalgando hacia nosotros, vamos a racionalizar el sentimiento, analizando este aparente juego de azar y desarmando a Cupido de sus flechas de amor.

Más dopamina, por favor

Nuestro hombre ideal tiene un nombre: dopamina. Quizás te resulte demasiado zafio y malsonante, pero este neurotransmisor está considerado como el punto G del cerebro ya que es el encargado de poner en marcha ‘mágicamente’ las zonas subcorticales generando sensaciones de placer cuando ante nosotros aparecen ciertos hombres en detrimento de otros muchos que, muy a su pesar, se mueren por nuestros huesos y pasan inadvertidos ante nuestros ojos.

Normalmente nuestro cerebro asocia los rasgos simétricos con la belleza, lo deseable. Sin embargo, quien hace saltar la dopamina, según Jesús de la Gándara, jefe del Servicio de Psiquiatría del Complejo Asistencial de Burgos y bloguero de Código Salud (http://www.elmundo.es/elmundosalud/codigosalud/index.html) son los atributos imperfectos: ese lunar en la comisura de los labios, una nariz con carácter…son elementos sorpresa que en rostros armoniosos pueden desencadenar un magnetismo irresistible.

“Las neuronas y, un paso más, las redes neuronales lo son todo en nuestra percepción del mundo. No sucede ni existe nada de lo que podamos ser conscientes que no pase, para llegar hasta esa consciencia, por la construcción a través de nuestro cerebro de una representación mental”, afirma el investigador de la Universidad de las Islas Baleares Camilo Cela Conde.

Según el doctor Barry R. Komisaruk, psicólogo de la Universidad de Rutgers (Nueva Jersey) e investigador sobre el despertar de la libido, la simple observación de un pie desnudo en la playa o un fotograma infinitesimal de la vulva de Sharon Stone puede saltar la chispa de la atracción, ¿por qué? “Bajo situaciones de deseo sexual, se activa la parte frontal del cerebro. Es una respuesta a la segregación de dopamina, un neurotransmisor que se genera en el bulbo raquídeo (…) Es una forma de recompensa”. Nuestra vida sexual/amorosa está en manos de las neuronas, pero aún seguimos sin tener respuesta de por qué la dopamina se pone a cien cuando un morenazo se cruza a nuestro lado y no levantamos ni las cejas para observar a ese rubio imponente que intenta llamar nuestra atención. Éste es el agujero negro de la neurociencia. “¿Por qué las neuronas nos hacen sentir atracción hacia determinadas cosas? Eso es aún un enigma”, afirma Barry R. Komisaruk.

Neurotransmisores socializados

Para Camilo Cela Conde el ‘quid’ de la cuestión deriva en la relación entre las neuronas y la actitud y la personalidad de cada uno, es decir, que la respuesta de los neurotransmisores está determinada por la socialización y la relación entre los sexos, y esto es lo que nos hace seguir en pareja después de que haya pasado el impacto de la atracción sexual. “La percepción inmediata no ejerce una tiranía absoluta porque, más allá de la atracción, incluso del amor físico, se establece todo tipo de episodios dentro de la ‘lucha de sexo’, una lucha que no es sino una búsqueda y, en el mejor de los casos, el hallazgo del sentido de la vida en pareja. Parece claro que ese sentido puede permanecer vivo incluso después de que la atracción sexual se haya visto relegada a un mero residuo”, afirma.

Según esta teoría, la activación de los neurotransmisores ante lo bello y atractivo responde al bagaje cultural y social de cada individuo. Nuestra mente reacciona ante alguien que nos interesa a partir de factores como nuestra experiencia previa, la edad, las formas de vida, los valores morales y otras estructuras psicológicas que nos permiten definir de quién nos enamoramos. Éstas son sólo algunas de las variables de la cuales podemos obtener respuestas a nuestra forma de amar y de expresar nuestra sexualidad.

Hoy nadie puede negar que el cóctel de células cerebrales, endorfinas y dopamina, junto con lo socialmente aprendido determinan la atracción. “Los patrones perceptivos -explica Jesús de la Gándara-, los innatos y los aprendidos socialmente, son inseparables y condicionan las búsqueda de contacto emocional y sexual entre las personas. Neurobiología y psicología trabajan a la par, por eso cuando alguien nos parece bello, nos enamora”.

Diferencias entre sexos

Gracias a la magnetoencefalografía (una técnica no invasiva que registra la actividad funcional cerebral, mediante la captación de campos magnéticos, permitiendo investigar las relaciones entre las estructuras cerebrales y sus funciones), hemos visto cómo los cerebros masculinos y femeninos responden de manera diferente ante la belleza. Para Cela Conde, quien ha investigado esta diferencia de sexos recurriendo a esta técnica, “no hay un ‘arte para mujeres’ y un ‘arte para hombres’. Pero qué duda cabe acerca de que los gustos divergen. La vestimenta, los adornos personales e incluso las actitudes tienen sus propios sesgos relativos al sexo”. La explicación es sencilla: las mujeres utilizamos ambos hemisferios en la percepción de objetos -somos cognitivamente bilaterales-, mientras que los hombres sólo usan el derecho.

Para hallar el origen a este misterio nos tenemos que remontar a la época de las cavernas cuando el hombre se dedicaba a la caza y la mujer a cuidar de la familia. Para evitar ser devorado por un animal salvaje, el hombre necesitaba concentrar toda su atención en la acción (parte derecha del hemisferio); mientras que la mujer, al cuidado del hogar y en su investigación del entorno, era capaz de preguntarse si esa planta podría ser comestible o no, por lo que tenía que hacer una abstracción que exigían la contribución del hemisferio izquierdo.

También en la forma de actuar ante alguien que nos atrae es diferente entre hombres y mujeres. Tras el flechazo “la mujer, lenta y sofisticada, necesita una mayor complicidad perceptiva -opina de La Gándara-, más tiempo de integración para adoptar posturas y/o tomar decisiones sobre aspectos de su vida que tienen que ver con la pasión y/o el compromiso”. Mientras que el hombre, más físico y territorial, tras la atracción pasa a la acción, se lanza al ruedo sin pensárselo dos veces.

Un grupo de psicólogos de la Universidad Northwestern, en Illinois (EE.UU.), convocaron a 350 estudiantes universitarios para participar en una serie de rondas de citas rápidas, encuentros de corta duración o mini-charlas, en los que se entra en conversación con una persona desconocida. Los psicólogos comprobaron que los hombres rotaban por la sala más que las mujeres que preferían permanecer sentadas en un lugar. Después de mantener cada una de las ‘citas’ de cuatro minutos, los participantes informaron sobre su deseo romántico por la otra persona y qué nivel de confianza les merecía el encuentro. Aquellos que rotaron se mostraron menos exigentes en sus deseos, que los que permanecieron en sus asientos.

Pero no olvidemos que los roles de género cada vez son más intercambiables: las mujeres han pasado a la acción y no sienten ningún pudor para iniciar el ataque, mientras que los hombres se están volviendo cada vez más flemáticos en su forma de enfrentarse al género femenino.

Fuente: mujer.terra.es

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